¿Y ahora?

Sí, esa fue mi expresión el primer día de entrenamiento con mi couch y compañeros.

Para empezar, soy la más vieja de todos con 32 años y kilos encima; mis compañeras y compañeros son un cúmulo de juventud y agilidad como todo los adolescentes y veinteañeros. Nadan a una velocidad vertiginosa, mientras yo apenas hago 100 metros ellos ya van en los 300 o más ¡Sin exagerar!

El primer día fue duro para mí, no suelo demostrar debilidad pero en verdad que mientras le dí la espalda a mi couch comencé a llorar en silencio porque mi nivel está por los suelos… ¡No sé nada, realmente no sé nadar!

No me dí por vencida, aprovechando el agua confundí mis lágrimas con ella y volví a nadar de nuevo. No puedo rendirme pedí una oportunidad, lo mejor, pudiendo decirme que no como otros lo hicieron anteriormente, me dijeron que sí  y abrieron las puertas para mí.

No puedo fallarme a mi misma, no puedo fallarle al Universo que promovió todo a mi favor. Precisamente cuando todo parece más negro es cuando más debemos de brillar.

La constancia, el esfuerzo máximo diario, creer en mí me darán cada una de las victorias soñadas.

Esto no se acaba hasta que se acaba.

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